SOBRE LA CULTURA DEL ÉXITO

Hace ya tres años que volví de Australia.. ¿o eran cuatro? El tiempo pasa deprisa y quizá sigue pareciéndome ayer porque marcó un antes y un después en todo. Y es que viajar a otro país siempre te cambia, pero no hablo de viajar una semana o un mes con una maleta, pantalones cortos y una gorra para el sol. No hablo de ir a museos ni beber café en una terraza escuchando el ambiente de calles que acabas de descubrir. Hablo de vivir en otro país, de sumergirte en su cultura y empezar a ser parte de otra sociedad distinta a aquella de la que provienes. Es de esa forma cuando algo de otro lugar empieza a colarse en tu cultura y resulta que ya dejas de ser de un solo sitio en particular. Al volver a casa eres otra persona, y por eso es tan recomendable. Porque te da perspectiva.  

 Una de estas campaba tranquilamente por mi pared una noche, y meses mas tarde, cuando pensaba que ya habíamos acabado con ella, me la encontré en mi cama al levantar la sábana, cual cabeza de caballo en la película del Padrino. 

Una de estas campaba tranquilamente por mi pared una noche, y meses mas tarde, cuando pensaba que ya habíamos acabado con ella, me la encontré en mi cama al levantar la sábana, cual cabeza de caballo en la película del Padrino. 

Aún recuerdo una de las cosas que más me impresionó. Fue un día, ESE día en el que escuché a un chaval que tendría no más de 17 o 18 años hablarle a otro sobre el negocio que acababa de montar y de lo bien que le iba. Recuerdo pensar con asombro en cómo era posible, que de dónde sacaba esas fuerzas y esas ganas de emprender y arriesgarse; y que ojalá viese más de eso en mi país. Muchas cosas serían diferentes, la verdad. Decidí en ese momento que haría todo lo posible para que eso sucediese, ver ese cambio, producir de alguna forma un cambio de mentalidad “de ir más allá”, de arriesgarse; y como he escuchado muchas veces a gente más sabia que yo “a la única persona a la que puedo cambiar es a mí misma”, decidí empezar por mí. 

Pero en estos cuatro años, que parecen diez en realidad, han pasado muchísimas cosas, y aparentemente casi nada. En estos últimos meses, años diría yo he reflexionado y debatido con amigos sobre precisamente eso. Sobre qué pasa cuando aparentemente no pasa nada, cuando no tienes nada físico que puedas enseñar a otros que estás haciendo cosas, y que precisamente por eso porque las cosas te van bien estás en el camino correcto. Sobre qué pasa cuando tu vida parece estar en slow motion, y constantemente tienes esa sensación de que ya casi estás, de que casi puedes tocarlo y alcanzarlo pero siempre, en el último segundo, se desvanece y cuando abres tu mano no hay nada, solo humo.

Me refiero al éxito. Esa cosa tan escurridiza y tan efímera. 

–El éxito depende de lo que tú consideres cual es la meta –Me dijo hace poco una escritora con la que pude mantener una charla sincera, y eso me dejó pensando. ¿Quién marca la meta en mi vida? ¿Qué es lo que va a determinar que “lo he conseguido”?

Como artistas siempre vivimos en esa tensión de “¿puedo seguir llamándome artista cuando a nadie parece gustarle lo que hago?” “¿Debería seguir viviendo esta mentira y seguir pretendiendo que soy escritora, o pintora, o (llena tú el espacio), cuando nadie me contrata, o no me gano la vida de esto, o todavía no me he hecho rica?” “¿Debo seguir con esta farsa cuando ni siquiera encuentro reconocimiento de mis compañeros artistas? ¿No es esa una señal de que no lo soy? ¿De que no pertenezco a ese club porque no me aceptan?”

Siendo realistas, eso tiene que ver más con el hecho de ser humano, no solo con ser artista. Todos nos sentimos así desde que somos pequeños, ¿verdad? 

Al volver a casa volví a sumergirme en este país del que descubrí tantas cosas increíbles y buenas, cosas que nos hacen únicos como cultura, y que por eso atraen a tanta gente de otros países y deciden quedarse a vivir aquí. Al salir de mi cultura me enamoré de ella porque la vi con perspectiva. Pero al volver, también volví a entrar en esas espirales de pensamiento negras, en cosas tóxicas, en esas cosas que consiguen que queramos huir y renegar de nuestro país y nuestra cultura, cuando enfurecidos al ver las noticias o al volver a casa después de un duro día de trabajo o de ir a comprar al supermercado, decimos ‘¡Yo me voy de aquí!’ o ‘This is Spain’... Se que no puedo generalizar, y quiero que quede claro que tanto en Australia, como en Inglaterra, como en otros sitios también tienen cosas de las que avergonzarse (creedme, lo se de buena tinta). La humanidad entera tiene problemas y trapos sucios, no solo un país. 

Pero cansa. Agota escuchar ‘¡cómo vas a hacer eso! ¿Estás loca?’, o ¿No ves que no estás llegando a ninguna parte?, o ‘Dedícate mejor a algo que te haga ganar dinero y deja esas tonterías’. Y dejo claro también que no hablo de vivir de ilusiones ni de ser irresponsable. Hablo de esa manía que tenemos de tirar al suelo a los demás, y decirles cómo deberían vivir en realidad ‘la vida’. ¡Y no lo hacemos de forma consciente, nos sale!

Ejercemos de jueces de los demás, constantemente, sin que nadie nos lo pida. He perdido la cuenta de las veces que me he descubierto a mí misma dando un veredicto innecesario. Es una cultura contagiosa. ¿No os gustaría escuchar un: “qué valiente, te animo a seguir”? En lugar de “Te vas a estrellar, lo veo, pero allá tú” O un “¿Has estado tres dias trabajando en eso? ¡Qué bueno que eso te apasione tanto! En vez de “Y para qué. ¿Cuánto te van a dar por eso?” O un “Quiero escuchar/ver lo que haces.” No un “Pero es que no te conoce nadie, hemos contratado a alguien como ... porque queremos llenar el sitio, lo siento”. A mi me gustaría cambiar eso que está tan metido en nuestra cultura y que escuchamos a diario... ¿A vosotros no?

Pero vuelvo a la pregunta ¿qué determina el éxito? –Si tu meta es publicar libros –continuó diciéndome la escritora –ahora en realidad es más fácil que nunca. Pero si el éxito para ti es que la gente lea tus historias, bueno, eso ya es algo distinto. 

Me dejó boquiabierta. Porque, que leáis lo que escribo, no tiene por qué darme dinero. (Me gustaría ganarme la vida con ello, POR SUPUESTO, pero si no lo hago ¿significa eso que estoy obligada a dejar de escribir?)  Para empezar. Que alguien disfrute con una historia confeccionada con esfuerzo e imaginación y que ésta le acompañe para siempre, puede suceder una sola vez en la vida. Y la verdad es que no a todo el mundo le gustan las mismas historias, ni siquiera leer novelas o cuentos. Y eso ESTÁ BIEN. 

Hace poco me encontré con un profesor al que admiro mucho, y hablando sobre las diferentes formas de ser ilustrador, me contestó ante mi incomprensión de cierta forma de trabajar con un: “Pero Noemí, es que a esas personas les gusta hacer eso. Lo creo. Creo que no lo harían, si no fuera así”, y entre líneas leí un no lo harían durante tanto tiempo si no fuera así. Volvió a explotarme la cabeza. En serio, agradezco TANTO encontrarme en el camino a personas tan sabias y que te dan esos tortazos de realidad que te hacen replantearte la dirección en la que está yendo tu forma de pensar. 

Porque hay que pensar. Yo no puedo ir por la vida sin reflexionar en por qué hago lo que hago. Lo he intentado, y me ha llevado a pozos profundos de los que me han tenido que sacar. La sociedad, la cultura en la que estamos sumergidos habla fuerte, muy fuerte y dice que el éxito es tener cosas, y es producir cosas útiles y que puedes vender por dinero o por más cosas. ¿Pero desde cuando eso acaba haciéndonos felices y con un sentimiento de plenitud?

Terminaré con esto. Que no tengo una respuesta concreta de lo que es el éxito. Porque la meta deberías ponerla tú, y esa meta irá cambiando. Para mí por ejemplo, lo que he descubierto, es que nunca he sido más yo misma ni me he sentido más plena, que cuando me sumerjo en ese mundo tan grande que está en mi imaginación y le pongo palabras o intento plasmarlo con líneas y colores; y se que eso es un regalo de alguien grande. Muy grande. Mi meta es mostraros, como pueda, precisamente eso: esa inmensidad, esa luz cálida, la oscuridad profunda, y el telar de vidas que conforman la historia. A veces no lograré expresarme como debo, pido disculpas. Pero cuando lo consiga, valdrá la pena. 

 

Hasta la próxima,